Tampoco pueden negarse los obstáculos y las adversidades, pero estos pierden toda su importancia cuando se comparan con el poder de la voluntad, capaz de sobreponerse a todo. Si es cierto que las adversidades pueden ocasionar desaliento y desanimo, también es verdad que el hombre tiene capacidad para dominarlas, superarlas y continuar adelante con sus objetivos, propósitos y metas.
La facultad de autodominio permite al hombre, ser dueño de sus deseos, de sus emociones, de sus actitudes, de su voluntad. Cuando el ser humano pierde el autodominio se convierte en un barco a la deriva, siempre distante a la orilla.
La voluntad es, entonces, una facultad que conviene ejercitar constantemente para acrecentar fuerza, para orientar su recitad y para hacerla inquebrantable. Ninguna meta es posible sin las dudas, las vacilaciones y los temores anidan en la mente o en el corazón; una voluntad inquebrantable del logro de las metas.
La capacidad para dominar el miedo y el desanimo, la capacidad para dominar la ira y la rabia, la capacidad para dominar la patía y la pereza, la capacidad para persistir en la búsqueda de metas, por difíciles que parezca, hacen del ser humano una fortaleza sin par. Pero la voluntad y el autodominio necesitan apoyarse en la sensibilidad humana para no sucumbir entre el laberinto del egoísmo.
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